Lynda Nead y el desnudo femenino

Entramos a un museo. Muy probablemente, veremos el cuerpo de una mujer desnuda, representado en alguna de las obras. Pero ¿por qué nuestros cuerpos al desnudo son tema recurrente en el arte occidental, sinónimo de desarrollo cultural y talento? ¿Qué diferencia hay entre mostrarlos así, y mostrarlos en las protestas, o en material porno?

Lynda Nead, historiadora de Arte, curadora y catedrática en Birkbeck, Universidad de Londres, hace un estudio imperdible al respecto en su libro El desnudo femenino: Arte, obscenidad y sexualidad (1992). Y aunque ya tiene rato, no deja de ser vigente.

Con un enfoque multidisciplinario, Nead es concreta y clara; toma algunas frases de distintos periodos históricos, distintas obras y distintos autores, acerca de nuestros cuerpos. Y en imagen, algunas obras representativas del arte occidental, a lo largo de la historia. 

De ello, y del discurso sobre el marco de Jacques Derrida, llega a un primer acercamiento; nuestros cuerpos son marcos. Son contenedores… en lo personal, funda es la palabra más audaz, que de hecho, emplea una de las frases que rescata Nead, en la que el autor describe una escultura del cuerpo femenino.

A través de nuestros cuerpos y de su representación, desde el punto de vista masculino heterosexual, por supuesto, se nos define. Dentro de esa definición hay nociones desde tiempos aristotélicos, en donde la belleza era sinónimo de orden y armonía, y donde lo masculino era fuerte, completo, ordenado y limpio. Y, por contraposición, lo no-masculino equivale a débil, incompleto, caótico y sucio. Desde el inicio se nos define como lo otro, y a partir de ahí, cuando la experiencia al ver una obra se repite y pasa de lo individual a lo colectivo, se crea un estereotipo. Un estándar, un recipiente en el cual encajar si se es femenino. La representación regula nuestra existencia.

Para aclarar por qué nuestros cuerpos son tema de representación, Nead retoma a Kenneth Clark y su diferenciación entre desnudo y cuerpo sin ropa. Entre ambas, hay una diferencia crucial; mientras el desnudo tiene aspiraciones artísticas, el cuerpo sin ropa lleva consigo impulsos sexuales. Para permanecer como tema artístico, de acuerdo a Clark, es necesario un equilibrio en el que lo sexual no nuble el tema. Sin embargo, también habla desde un punto de vista masculino, en donde lo que se observa es femenino. El desnudo es la transfiguración del cuerpo de carne, lo real a lo ideal, lo que la mente del artista es capaz de hacer, de ahí que transformar algo sucio, caótico e incompleto en algo bello sea un reto.

Ojo aquí, que Clark teorizaba eso en los años 50. Y que la idea de lo femenino como bello e incomprensible, porque claro, nuestra sexualidad y nuestro cuerpo ha sido algo misterioso, oscuro y que es mejor que esté cerrado; porque somos un recipiente misterioso, una caja de pandora.

Ya al final del capítulo, Lynda Nead recurre a John Berger, que en Modos de ver compara imágenes de soft porn con pinturas europeas, y nota una diferencia curiosa; es un juego de poder. Las pinturas no parecen estar hechas con una intención de voyeurs, mientras que el soft porn sí. Hay un acto de poder en el público, que sabe que son para su disfrute erótico, a diferencia de las pinturas, que se sienten como una relación privada entre el pintor y la modelo desnuda, asumiendo que es una relación cercana, linda y bondadosa.

¿Hace sentido que aún hoy, nos cuestionen el uso de nuestros cuerpos en el arte, las protestas o tan solo al existir fuera de los cuerpos hegemónicos? Sí, de ahí que el texto sea vigente, y ¡eso apenas es el capítulo 1! Lynda Nead continúa por otros dos capítulos más, y nos motiva desde el arte feminista a cuestionar y replantear las formas de representar nuestros cuerpos. 

Escrito e ilustrado por Cereza Flotante

Imagen tomada de: https://courtauld.ac.uk/people/lynda-nead/

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