Julia Lorraine Hill nació el 18 de febrero de 1974 en Mount Vernon, Misuri, dentro de una familia bautista que recorría estados unidos en una casa rodante porque su padre era pastor itinerante. Esa infancia nómada sembró en ella una mezcla de curiosidad y desapego.
A los siete años, durante una caminata, una mariposa se posó largo rato en su dedo; la niña interpretó aquel gesto como una invitación a la ligereza y adoptó el apodo “Butterfly”, que la acompañaría toda la vida.

Un accidente automovilístico en 1996 cambió su rumbo. Un conductor ebrio embistió su coche por detrás y la dejó casi un año en rehabilitación, obligándola a reaprender a hablar y a caminar. Entre sesiones de fisioterapia, Julia concluyó que si la vida podía terminar de golpe, valía la pena gastarla en algo trascendente. Para cuando recuperó fuerzas, ya buscaba una causa que mereciera su tiempo y, sobre todo, su recién descubierta sensación de urgencia.
Esa causa apareció en los bosques de secuoyas de california. Durante un viaje con amigos, se internó en un valle cubierto de gigantes milenarios; al ver los troncos rojizos que se alzaban como catedrales, cayó de rodillas y lloró. Entendió que aquellos árboles, algunos de más de mil años, podían desaparecer en días si las motosierras seguían avanzando. Regresó a casa con la determinación de defenderlos, aun sin saber todavía por qué medio.
En diciembre de 1997, Julia se unió a activistas de Earth First! que organizaban una “tree sit” para frenar la tala de Pacific Lumber Company. El plan era turnarse sobre una plataforma instalada a 70 metros de altura en una secuoya bautizada Luna. Cuando sus compañeros bajaron enfermos y no llegó relevo, Julia decidió quedarse. Tenía veintitrés años y ningún entrenamiento formal en escalada, pero sí una tozudez que pronto sería noticia.
Los primeros días se convirtieron en semanas y luego en meses. Vivía entre ramas, dormía dentro de un saco impermeable y calentaba comida en un pequeño hornillo. Con un panel solar alimentaba un teléfono satelital desde el que daba entrevistas que llevaron su protesta en la agenda internacional.
El invierno de El Niño de 1998 azotó la costa norte de california con tormentas récord. Julia soportó ráfagas heladas, amenazas de helicópteros que sobrevolaban para desestabilizarla y la táctica de la empresa de cortar sus suministros. Aun con congelaciones en los dedos, se negó a bajar. La prensa empezó a llamarla “la joven que desafiaba al gigante maderero desde las alturas”.
Decenas de voluntarios se turnaban para escalar con víveres. Cuando los guardias de la empresa trataron de sitiar el tronco, veinte simpatizantes irrumpieron por sorpresa para reabastecerla; Julia entendió entonces que salvar un árbol era un acto colectivo antes que individual.

Tras 738 días —del 10 de diciembre de 1997 al 23 de diciembre de 1999— se alcanzó un acuerdo: Pacific Lumber firmó una servidumbre de conservación que protege a Luna y un cinturón de sesenta metros a su alrededor. Julia descendió convertida en símbolo mundial de la desobediencia civil pacífica; había pasado dos cumpleaños, dos navidades y dos veranos sin tocar el suelo.
Poco después publicó The Legacy of Luna, cofundó la Circle of Life Foundation y emprendió giras donde hablaba de justicia climática, agricultura regenerativa y objeción fiscal a gastos militares. Durante los primeros siete años atendió desde foros universitarios hasta congresos internacionales, siempre preguntando a la audiencia: “¿Cuál es tu árbol?”
La fama, sin embargo, le pasó factura. A partir de 2014 enfrentó problemas de salud y agotamiento financiero; decidió retirarse para sanar cuerpo y mente. En su sitio personal reconoce que esa pausa fue necesaria, pero también anuncia que, poco a poco, vuelve a la vida pública para “servir como megáfono de otras causas”.
En 2024 y 2025 reapareció en medios: participó en videos para impulsar proyectos REDD+ contra la deforestación y, según su cuenta de instagram, co-lideró retiros empresariales enfocados en liderazgo consciente. Además, la organización Sanctuary Forest celebró el vigésimo quinto aniversario del acuerdo que salvó a Luna, con Julia como oradora principal.
La joven que una vez desafió tormentas ahora invita a las corporaciones a medir su éxito en función del bien que generan. Su historia recuerda que la voluntad individual puede abrir grietas en sistemas enormes, siempre que se apoye en comunidad y en una ética de cuidado. Para cerrar, dejo una de sus frases más poderosas, traducida al español:
«Si eres la única persona que queda, mientras tu esperanza se comprometa con la acción, la esperanza sigue viva en el mundo».
Escrito por Yui

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