Rosa Parks: la mujer que se sentó para que todas nos pusiéramos de pie

Rosa Parks no era famosa, ni rica, ni tenía un cargo político. Era costurera, discreta, bajita, reservada. Pero el 1 de diciembre de 1955, con un gesto aparentemente simple —negarse a ceder su asiento en un autobús— sacudió el sistema de segregación racial de su país y dio inicio a uno de los movimientos civiles más poderosos del siglo XX.

Nació en Alabama, en 1913, en pleno corazón del sur de Estados Unidos, donde la segregación racial era ley. Desde niña vivió en carne propia lo que era ser ciudadana de segunda clase por el simple hecho de ser negra: escuelas separadas, fuentes de agua separadas, baños separados, y por supuesto, asientos separados en los autobuses. Su madre, maestra, le inculcó el valor de la educación y la dignidad. Rosa creció con una conciencia clara de la injusticia, aunque durante mucho tiempo vivió en silencio.

Ya adulta, se convirtió en activista local, trabajando como secretaria para la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color). No era ajena al activismo, pero tampoco buscaba la atención. Aun así, ese día de diciembre de 1955, cuando el chofer blanco del autobús le ordenó que se levantara para que un hombre blanco pudiera sentarse, ella dijo que no.

No gritó. No peleó. Solo dijo: “No”. Y con ese “no”, lo dijo todo.

Fue arrestada de inmediato. Su delito: violar las leyes de segregación racial. Pero lo que no sabían era que ese momento iba a encender una chispa que ya venía prendida por dentro de muchas personas.

Su caso provocó un enorme boicot al sistema de transporte público de Montgomery que duró más de un año.

Miles de personas negras dejaron de usar los autobuses; caminaron, organizaron redes de autos compartidos, y resistieron con dignidad.

Durante ese boicot surgió una figura joven que años después cambiaría el mundo: Martin Luther King Jr., quien lideró el movimiento con discursos potentes y acciones no violentas. Pero Rosa fue la chispa. Ella lo empezó todo. A veces creemos que los cambios requieren gritos o violencia. Rosa nos enseñó que también pueden empezar con un gesto sereno, pero firme.

Pero ojo: su vida no fue fácil después de ese día. Perdió su empleo, recibió amenazas constantes, y tuvo que mudarse a Detroit buscando un poco de paz. Aun así, siguió luchando durante toda su vida por los derechos civiles, por el derecho al voto, por la igualdad racial, y por la justicia social. Fue consejera en congresos, dio discursos, escribió su autobiografía, y siguió trabajando hasta ya entrada en edad.

En 1996, el presidente Bill Clinton le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor honor civil de Estados Unidos. Y en 2005, cuando falleció a los 92 años, su féretro fue colocado en el Capitolio de Washington, siendo la primera mujer afroamericana en recibir ese honor. Una costurera, sí. Pero también, una gigante.

Rosa Parks no fue una mujer común. Fue una mujer decidida, coherente, fuerte en silencio, poderosa sin buscar el poder. Lo que más se le reconoce es haber demostrado que no hace falta levantar la voz para cambiar la historia, pero sí hace falta tener el valor de mantenerse firme cuando todo te dice que te sientes, te calles y obedezcas.

Y si alguna vez sientes que no puedes cambiar nada, acuérdate de lo que dijo ella, con la misma sencillez que usó toda su vida:

Escrito por Yui

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