¿Has oído hablar de Dorothy Crowfoot Hodgkin? Fue una científica británica que rompió muchas barreras, no solo en la ciencia sino en la sociedad. Nació en El Cairo en 1910, cuando Egipto era colonia británica, en una familia muy culta y viajera. Su padre trabajaba en el servicio educativo egipcio, lo que les llevó a vivir también en Sudán y Palestina antes de establecerse en Inglaterra. Desde niña mostró una curiosidad enorme por la química y los misterios del mundo natural. A los 16 años leyó un libro que le fascinó y la iluminó por completo: “The Nature of the Things” por William H. Bragg, que hablaba de la cristalografía de rayos X, la técnica que usaría para desvelar las estructuras moleculares invisibles.
—¡Imagínate! Una jovencita en los años 20s interesada en una ciencia que pocos entendían y menos mujeres practicaban. Entró en Somerville College, Oxford, y destacó de inmediato.
Fue una de las primeras mujeres en estudiar química con un perfil tan avanzado y en esa universidad que era casi un bastión masculino. Su inteligencia y tenacidad fueron evidentes desde el principio. En 1933 obtuvo una beca que le permitió continuar su investigación en Oxford, y en 1936 la nombraron primera investigadora y profesora en química, un cargo que mantendría hasta 1977

Lo impresionante de Dorothy es que se dedicó a proyectos que sus colegas veían como imposibles. Por ejemplo, en plena Segunda Guerra Mundial, logró descifrar la estructura de la penicilina, el antibiótico que daría un giro total a la medicina. Su trabajo confirmó la estructura propuesta por otros científicos y permitió que se produjera en masa para salvar vidas en la guerra y después, en todo el mundo. Fue un avance fundamental que la puso en la mira de la comunidad científica mundial.
—Luego vinieron otros descubrimientos impresionantes. En los años 50, se enfrentó a la estructura de la vitamina B12, una molécula sumamente compleja con más de 90 átomos. Le llevó seis años lograr ese hallazgo que la encumbró a nivel mundial y le valió el Premio Nobel de Química en 1964. Fue la tercera mujer en recibir ese galardón en la categoría de química, después de Marie Curie e Irène Joliot-Curie.
Y por si fuera poco, dedicó más de treinta años a la investigación de la insulina, un hormona crucial para el tratamiento de la diabetes. En 1969 consiguió revelar su estructura molecular, un avance que revolucionó la medicina y la farmacología. Es increíble pensar que lo hizo mientras lidiaba con artritis reumatoide, una enfermedad que deformó sus manos y la confinó a una silla de ruedas en sus últimos años, pero nunca detuvo su trabajo ni su mente brillante.
En los aspectos personales, Dorothy se casó con Thomas Hodgkin, historiador y activista político, con quien tuvo tres hijos. Aunque al principio no quiso cambiar su apellido, finalmente usó el de su esposo, pero siempre mantuvo su independencia y convicciones firmes. Su familia la apoyó siempre, y su hogar se volvió una mezcla de ideas científicas, humanitarias y sociales. Judith era conocida por su discreción, su amabilidad y su fuerte compromiso con la justicia social, la paz y el diálogo internacional.
—Más allá del laboratorio, Dorothy fue una mujer comprometida con la igualdad de género, siempre alentando a las mujeres a acceder a las ciencias y luchando contra las barreras estructurales que limitaban su participación. Fue la tercera mujer admitida en la prestigiosa Royal Society de Londres en 1947, un hito para la época. Además, formó a numerosas científicas, entre ellas a una jovencísima Margaret Thatcher, a quien incluso Margaret honraría más tarde colocando su retrato en Downing Street.
La vida de Dorothy también tuvo momentos de dificultad política. Por su compromiso con el pacifismo y las posturas progresistas, tuvo prohibido entrar a Estados Unidos entre 1953 y 1957. Sin embargo, mantuvo contactos y colaboraciones fructíferas con científicos de todo el mundo, incluyendo la Unión Soviética, promoviendo el intercambio científico incluso en los tiempos más difíciles de la Guerra Fría, con una visión de ciencia para la paz.
En sus últimos años, aunque la artritis le limitó físicamente, continuó siendo una figura insigne en el mundo científico, dando conferencias, asesorando investigaciones y celebrando la cooperación internacional. Murió en 1994, dejando un legado invaluable: no solo revolucionó la química y la medicina, sino que abrió caminos a las mujeres y defendió un mundo más justo y pacífico.
Para cerrar esta charla, te dejo con esta frase que define su espíritu:
«El conocimiento científico, cuando se comparte, nos hermana más allá de las diferencias.»
Escrito por Yui
