¿Por qué Mictecacíhuatl Importa en el día de muertos?

Amiga, siéntate porque te voy a contar una historia que me tiene obsesionada. ¿Sabías que cada vez que celebramos Día de Muertos y ponemos nuestras ofrendas, estamos honrando a una diosa azteca que lleva siglos esperando el regreso de las almas? Déjame contarte sobre Mictecacíhuatl, la verdadera reina de los muertos, y créeme que su historia es mucho más fascinante de lo que imaginas.

La reina del Inframundo

Primero lo primero: imagínate el inframundo azteca, el Mictlán. No era como el infierno cristiano con fuego y castigos eternos. Era más bien un lugar oscuro, silencioso, donde las almas hacían un viaje de cuatro años para finalmente descansar. Y ahí, en lo más profundo de los nueve niveles del Mictlán, reinaba ella junto a su esposo Mictlantecuhtli.

Pero aquí viene lo interesante: mientras que su esposo era el señor todopoderoso del lugar, Mictecacíhuatl tenía un papel muy específico y, en mi opinión, mucho más importante.

Ella era la guardiana de los huesos, la que vigilaba los restos de los que ya habían partido. Y no solo eso, era la encargada de presidir los festivales de los muertos. Básicamente, era la anfitriona del más allá.

Los aztecas la representaban con un cuerpo descarnado, la mandíbula abierta (tipo calavera, obvio), y su boca siempre estaba hambrienta. Pero espera, no te asustes, no era una diosa malvada. Para los aztecas, la muerte no era el final aterrador que nos enseñaron después. Era simplemente otra etapa, otra forma de existir.

La leyenda de su origen

Aquí es donde la historia se pone buena. Según las leyendas que se cuentan (y que honestamente me dan escalofríos), Mictecacíhuatl fue una mujer noble que murió al nacer. Sí, leíste bien: murió siendo apenas una bebé. Pero los dioses del inframundo vieron algo especial en ella, algo que la hacía diferente.

La convirtieron en la guardiana perpetua de los huesos y las almas. Algunos relatos dicen que ella fue sacrificada siendo niña para convertirse en la guardiana eterna, pero otras versiones cuentan que simplemente nació con ese destino ya marcado. Los aztecas creían mucho en eso del destino, ¿sabes?

Lo que sí sabemos es que su papel era crucial en el equilibrio del universo azteca. Sin ella, las almas no tendrían quien las guiara, quien las recibiera, quien recordara que alguna vez fueron personas con nombres, historias y seres queridos.

Festivales: Los ancestros del Día de Muertos

Y aquí viene mi parte favorita de toda esta historia. En el calendario azteca, había un mes completo dedicado a honrar a los muertos, y Mictecacíhuatl era la estrella del show. Era en el noveno mes, que más o menos correspondía a finales de julio y principios de agosto.

Durante estas celebraciones, las familias ponían ofrendas, comida, flores (aunque no eran cempasúchiles todavía, esas llegaron después). Hacían rituales para invocar a Mictecacíhuatl y pedirle que dejara a sus seres queridos venir de visita. ¿Te suena familiar? Exacto, es prácticamente lo mismo que hacemos ahora en Día de Muertos.

Los aztecas creían que durante este festival, Mictecacíhuatl abría las puertas del Mictlán y permitía que las almas regresaran temporalmente al mundo de los vivos. Ella era como la guardiana de seguridad que daba el pase de salida. Las familias preparaban los platillos favoritos de sus difuntos, porque creían que las almas podían «consumir» la esencia de la comida.

Imagínate las escenas: plazas llenas de gente, música, danzas, ofrendas enormes. Todo en honor a ella y a los muertos que regresaban. Era una celebración alegre, no triste. Porque para los aztecas, la muerte era solo una transición, y Mictecacíhuatl se aseguraba de que esa transición fuera lo más digna posible.

De Diosa a Catrina

Ahora, avancemos unos quinientos años. Llegan los españoles, conquista, evangelización, todo ese rollo. Y obviamente intentaron borrar estas tradiciones «paganas». Pero aquí está el detalle: no pudieron. Las tradiciones relacionadas con Mictecacíhuatl estaban tan arraigadas en la cultura que simplemente se adaptaron.

Los españoles trasladaron las celebraciones para que coincidieran con el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos (1 y 2 de noviembre). Pensaron que así iban a «cristianizar» la tradición. Pero la esencia de Mictecacíhuatl siguió ahí, oculta pero presente.

Y luego, ya en el siglo XX, llega José Guadalupe Posada con su famosa Catrina. ¿Sabías que La Catrina es básicamente una versión moderna y satírica de Mictecacíhuatl? Posada quería burlarse de los mexicanos que renegaban de sus raíces indígenas y pretendían ser europeos, así que creó esta imagen de una calavera elegante y presumida.

Pero la Catrina conectó con algo más profundo en el imaginario mexicano. Era Mictecacíhuatl vestida con ropa europea, era la diosa azteca que seguía viva en nuestro ADN cultural. Diego Rivera la inmortalizó en su mural «Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central», y desde entonces La Catrina se convirtió en el símbolo por excelencia del Día de Muertos.

Su legado hoy: ¿Por qué aún Importa?

Aquí viene la parte que me emociona y me pone la piel chinita. Mictecacíhuatl sigue viva en cada ofrenda que ponemos. Cada vez que encendemos una veladora para guiar a nuestros muertos, estamos invocándola. Cada vez que ponemos pan de muerto, fotos, flores y la comida favorita de nuestros difuntos, estamos participando en un ritual que tiene más de quinientos años.

Y lo más increíble es que ella representa algo que hemos perdido en muchas culturas modernas: una relación sana con la muerte. Los aztecas no le tenían miedo a la muerte como nosotros. La veían como parte natural de la vida. Mictecacíhuatl no era una figura terrorífica, era una guardiana, casi maternal, que se aseguraba de que las almas estuvieran bien cuidadas.

En el México actual, especialmente durante el Día de Muertos, todavía vemos ese espíritu. Nos reímos de la muerte, la decoramos con colores brillantes, le ponemos sombreros ridículos a las calaveras. Comemos pan en forma de huesos y calaveras de azúcar. Visitamos los panteones como si fuéramos de picnic. Todo eso es herencia directa de la forma en que los aztecas, bajo la influencia de Mictecacíhuatl, veían la muerte.

En los últimos años, con el boom del Día de Muertos a nivel mundial (gracias, Pixar, por «Coco»), cada vez más gente está redescubriendo a Mictecacíhuatl. Artistas, escritores, cineastas, todos están volviendo a contar su historia. Ya no es solo «La Catrina», ahora la gente quiere saber de dónde viene realmente toda esta tradición.

Lo que más me fascina de Mictecacíhuatl es que su historia nos enseña algo fundamental: que honrar a nuestros muertos, recordarlos, mantener viva su memoria, es un acto de amor que trasciende religiones, conquistas y el paso del tiempo.

Ella lleva siglos esperando en el Mictlán, guardando los huesos de nuestros ancestros, abriendo las puertas para que las almas regresen cada año. Y nosotros, sin muchas veces saberlo, seguimos respondiendo a ese llamado. Ponemos nuestras ofrendas, contamos historias de los que ya no están, los mantenemos vivos en nuestra memoria.

Así que la próxima vez que pongas una ofrenda o veas una Catrina, acuérdate de ella. Acuérdate de Mictecacíhuatl, la Señora de la Muerte, la guardiana de los huesos, la anfitriona del más allá. Porque gracias a ella y a la sabiduría de nuestros ancestros aztecas, en México la muerte no es el final. Es solo otra forma de seguir estando presentes, de seguir siendo recordados, de seguir siendo amados.

Y eso, amiga mía, es algo verdaderamente hermoso.


¿Qué te pareció? ¿Ya ves por qué estoy obsesionada con esta historia? Déjame en los comentarios si conocías a Mictecacíhuatl o si, como yo, te acabas de enamorar de esta diosa increíble.

Escrito por Yui

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