¡Ay amiga, siéntate que te voy a contar TODO sobre Karen Horney! Esta mujer tiene una historia que parece novela, en serio.
Nació el 16 de septiembre de 1885 en Blankenese, cerquita de Hamburgo, Alemania. Y ojo, su apellido de soltera era Danielsen. Su papá era capitán de barco, bien machista y religioso, de esos que creen que las mujeres solo sirven para estar en la casa. Karen lo odiaba, literal escribió en su diario que su papá era un hipócrita. Pero su mamá, Clothilde, era más liberal y la apoyaba. Ahí empezó todo el rollo familiar.
¿Y sabes qué? Karen era bien insegura de chiquita, se sentía fea comparada con su hermano mayor Berndt, que era el consentido. Eso la marcó un montón y por eso después estudió tanto sobre la autoestima y la neurosis. O sea, ¡estaba analizando su propia vida!
A los 14 años decidió que quería ser doctora. En 1906 entró a estudiar medicina en la Universidad de Friburgo – ¡imagínate, era de las ÚNICAS mujeres en un salón lleno de hombres! Después se cambió a Gotinga y finalmente se graduó en Berlín en 1913. Durante la universidad conoció a Oscar Horney, un estudiante de economía, y se casaron en 1909 cuando ella tenía 24 años.
Pero aquí viene lo jugoso, amiga: el matrimonio era un DRAMA. Oscar era medio aburrido, muy convencional, y Karen era esta mujer súper intelectual, inquieta, que quería cambiar el mundo. Tuvieron tres hijas: Brigitte, Marianne y Renate. Pero Karen sufría de depresiones horribles. De hecho, después de que nació su primera hija, tuvo una depresión postparto bien fuerte. Y en 1923, su hermano Berndt (el que su papá siempre había preferido) se murió, y luego su mamá también. Karen se hundió horrible.

Para 1926 ya estaba bien metida en el psicoanálisis, trabajando en el Instituto Psicoanalítico de Berlín. Y aquí está lo que nadie te cuenta: ¡Karen era bien liberal con su vida amorosa! Tuvo varios amantes durante su matrimonio, incluyendo uno con otro psicoanalista. No era de las que se quedaban calladas o reprimidas, ¿eh?
En 1932, con la situación en Alemania poniéndose horrible con los nazis subiendo al poder, Karen agarró sus cosas y se fue a Estados Unidos. Se instaló en Chicago primero, y luego en Nueva York en 1934. Aquí es donde su carrera explotó de verdad.
Y mira, lo más chingón: en Nueva York empezó a desafiar abiertamente a Freud y a toda la vieja guardia psicoanalítica. En 1937 publicó «La personalidad neurótica de nuestro tiempo» donde básicamente dijo que las neurosis no venían de conflictos sexuales reprimidos (como decía Freud), sino de la cultura y las relaciones interpersonales. ¡Los freudianos se encabronaron horrible!
Luego en 1939 publicó «Nuevos caminos en el psicoanálisis» donde directamente criticó la teoría freudiana. Dijo que eso de la «envidia del pene» era una pendejada, que las mujeres no andaban por ahí envidiando a los hombres, sino que querían los privilegios y el poder que tenían los hombres en la sociedad. O sea, ¡era feminista antes de que se pusiera de moda!
Por todo esto, en 1941 la EXPULSARON del Instituto Psicoanalítico de Nueva York. ¿Y sabes qué hizo? Fundó su propio instituto, el American Institute for Psychoanalysis, y el Karen Horney Clinic. ¡Así de chingona era! No se dejó de nadie.
Durante los 40s desarrolló toda su teoría del «yo real» versus el «yo idealizado». Decía que la gente neurótica se crea una imagen perfecta de sí misma que es imposible de alcanzar, y eso los hace sufrir. Identificó lo que llamó «la tiranía del debería» – todas esas ideas de «debería ser más delgada, debería ser más exitosa, debería ser perfecta». ¿No te suena súper actual?
También habló de las «necesidades neuróticas», que son como 10 necesidades que la gente desarrolla para lidiar con la ansiedad: necesidad de afecto, de una pareja dominante, de poder, de explotar a otros, de prestigio, de admiración personal, de logros, de autosuficiencia, de perfección… En fin, nos leyó a todas desde 1950.
Y aquí algo que pocos saben: Karen era súper culta, le encantaba la música, el arte, viajaba un montón. No era solo una académica encerrada en su consultorio. Tenía amigos escritores, artistas, intelectuales. Era una mujer del mundo, vaya.
En sus últimos años, entre 1949 y 1952, estuvo trabajando en una teoría bien interesante sobre el crecimiento personal y la autorrealización. Creía que todos tenemos un potencial interno para desarrollarnos y ser mejores, pero que las neurosis nos bloquean ese camino.
Lo triste es que en 1952 le diagnosticaron cáncer abdominal. Murió el 4 de diciembre de ese año en Nueva York. Tenía 67 años y todavía estaba trabajando, escribiendo, viendo pacientes. Nunca paró.
Lo que muy poca gente sabe es que sus propias hijas tuvieron conflictos con ella. Como que Karen estaba tan metida en su trabajo que no era la mamá más presente del mundo. Su hija Marianne hasta escribió unas memorias donde habla de lo difícil que fue tenerla como madre. O sea, era humana, con sus broncas como todas.
Ah, y otra cosa bien curiosa: Karen fue de las primeras en hablar de que la cultura influye en la personalidad. Dijo que en sociedades más competitivas (como Estados Unidos) había más neurosis que en sociedades más cooperativas. O sea, ya estaba viendo el capitalismo y el individualismo como causas de ansiedad. ¡En los 30s y 40s!
Y mi frase favorita sigue siendo: «La persona neurótica busca la perfección no para mejorarse a sí misma, sino para protegerse del autodesprecio». Es que cada vez que la leo pienso en todas las veces que me he exigido demasiado solo porque tengo miedo de admitir que no soy perfecta.
Lo más impresionante de Karen es que fue una rebelde en TODOS los sentidos: como mujer en la medicina, como teórica desafiando a Freud, en su vida personal siendo independiente y sexual, como madre soltera divorciada, como inmigrante reconstruyendo su vida en otro país. Era una chingona completa.
Y lo mejor es que su legado sigue vivo. La terapia humanista, la psicología feminista, todo lo que hablamos hoy sobre autoestima y autoimagen, mucho viene de ella. Sin Karen Horney, el psicoanálisis seguiría siendo ese rollo freudiano raro y misógino.
Entonces sí, tenía sus pedos, sus depresiones, sus conflictos familiares, pero precisamente por eso entendía tan bien la condición humana. No era una teórica hablando desde una torre de marfil, era alguien que vivió, sufrió, amó, se divorció, perdió gente, se deprimió y salió adelante. Y usó todo eso para ayudar a otros.
Eso es lo que más me gusta de la historia de Karen. Era imperfecta, pero eso la hacía más sabia.
Escrito por Yui

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