El umbral que nadie te enseña a cruzar

Por Karen Martínez — doula con enfoque neurodivergente | Umbral Espejo

No vine a esto porque leí un libro.

Vine porque lo viví.

Hay umbrales que no se anuncian. No hay flores en la entrada ni nadie que te diga esto va a cambiarte. Simplemente apareces al otro lado y te das cuenta — a veces mucho después, a veces demasiado tarde — de que algo en ti ya no va a volver a ser lo mismo.

El embarazo es uno de esos umbrales.

La pérdida, también.

Y para quienes vivimos con un sistema nervioso que procesa el mundo de manera distinta — con TLP, con TDAH, con autismo, con todo lo que cabe y no cabe bajo el paraguas de la neurodivergencia — esos umbrales no solo se cruzan.

Se atraviesan. Con el cuerpo entero. Con la historia encima. Con un cerebro que siente en volumen máximo y no tiene botón de apagado.

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Cuando descubrí que estaba embarazada, el miedo llegó primero.

Rápido. Conocido. Con esa voz que reconozco como la del TLP anticipando el dolor antes de que exista.

Pero junto al miedo llegó algo que no esperaba. Una felicidad que no cabía en el cuerpo. Iba a ser madre. El sueño más grande, el más deseado. Por fin.

Me sentí contenida. Sostenida. Como si por primera vez hubiera un lugar exacto para mí en el mundo.

Y luego el cuerpo habló de otra manera.

Perdí al bebé.

Pero no solo perdí al bebé. Perdí a la Karen que iba a ser madre. A la que ya se había instalado en esa línea de tiempo. A la que por fin sentía que tenía sentido.

Quema. Asfixia. Ahorca.

No fue el colapso dramático que a veces imaginamos — fue algo más silencioso, más hondo. Como una puñalada que no sangra hacia afuera. Y entonces mi mente empezó a decirme cosas terribles:

tu cuerpo no es capaz de sostener vida.

Ya se pueden imaginar el resto.

— — —

Nadie te dice cómo vivir ese duelo cuando tienes TLP y todo se siente amplificado hasta el límite. El mundo sigue girando, la vida sigue pasando, y se supone que tienes que continuar como si nada hubiera ocurrido. Como si no hubieras perdido un pedazo de ti.

Nadie te habla de lo que le pasa al deseo cuando queda asociado al riesgo. De cómo el cuerpo aprende, como puede, a protegerse — aunque eso signifique pausarse. Congelarse. Cerrar puertas que antes estaban abiertas.

No fue falta de amor.

Fue un sistema nervioso haciendo lo único que sabía hacer.

Tardé mucho en poder mirarlo. En nombrarlo. En entender que hoy no tenía por qué ser fuerte — que a veces solo hay que pasar el día con empatía, respeto y consideración hacia el propio corazón.

La pérdida gestacional es un camino invisible para muchas mujeres.

Para las mujeres neurodivergentes, ese camino es doblemente invisible.

Y eso, honestamente, me parece inaceptable.

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Siempre he sabido que tengo un propósito más grande, más allá de mí misma. Que no vine a quedarme estática en un solo camino.

Y entonces conocí a las doulas.

Algo encajó. De esos encajes que no se explican pero que se sienten en el cuerpo — como cuando algo por fin está donde tenía que estar.

No solo quería acompañar. Quería acompañar desde adentro. Desde haber atravesado el umbral sin mapa. Desde saber lo que se siente cuando tu sistema nervioso no encaja en ningún protocolo, cuando el duelo no sigue los tiempos que los demás esperan, cuando nadie a tu alrededor entiende por qué esto te afecta así.

Porque seamos sinceras: la vida no es blanca o negra. Está llena de matices. Y son justamente esos matices los que nos permiten experimentar lo bello de existir — y también los que exigen un acompañamiento que no simplifique, que no apure, que no pida que te repongas antes de tiempo.

Una doula con enfoque neurodivergente no llega con respuestas prediseñadas.

Llega sabiendo que cada sistema nervioso tiene su propio idioma.

Que contener a alguien en el umbral no es empujarle a cruzar — es quedarse junto a ella mientras decide si puede.

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Hoy ya terminé mi formación como doula.

Estoy en proceso de certificarme con la EC1316.

Curso un diplomado en inteligencia emocional, y pronto espero entrar a uno de duelo gestacional — porque ese camino, ese en particular, merece más que intuición. Merece herramientas. Merece que alguien lo haya caminado y también lo haya estudiado.

Umbral Espejo nació del caos y del brillo. De los textos que escribí cuando no tenía más manera de procesar. De las pérdidas que tuve que nombrar antes de poder integrarlas. De la certeza — que no me ha abandonado ni en los días más oscuros — de que las mujeres neurodivergentes merecemos acompañamiento que nos vea completas.

Con nuestro diagnóstico.

Con nuestra historia.

Con nuestra sensibilidad como recurso, no como obstáculo.

Los momentos difíciles también pasan. El caos también pasa.

Pero para encontrar el brillo, hay que atravesarlo. Hay que mirarlo, amarlo y comprenderlo.

Porque incluso en la oscuridad más densa, hay un destello que todavía no sabemos ver.

Y yo quiero ser parte de ayudarte a encontrarlo.

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Un abrazo,

Karen 🌙

Karen Martínez, 24 años. Doula con enfoque neurodivergente, certificándose bajo la EC1316. Acompaña a familias en sus procesos perinatales desde Chihuahua, México, bajo el nombre Umbral Espejo.


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