Hay mujeres que te hacen sentir bien… y hay otras que te hacen pensar cosas que preferirías no cuestionarte. Audre Lorde es de las segundas.
Nació en Harlem en 1934, hija de padres caribeños. Creció en una casa estricta, con poco espacio para expresar emociones. Su madre no le enseñó a sentirse cómoda, le enseñó a resistir. Y eso marca más de lo que parece. Desde niña tenía problemas de visión, veía el mundo de forma borrosa, pero curiosamente entendía con mucha claridad lo que pasaba a su alrededor. Cuando no encontraba palabras para hablar, recitaba poesía. No era un talento bonito, era una necesidad.
En la escuela no encajaba. Era inteligente, pero también demasiado directa, demasiado distinta. Más adelante estudió en Hunter College y en Columbia, y trabajó como bibliotecaria. Podría haber tenido una vida tranquila, ordenada, sin tanto conflicto. Pero no era su naturaleza.
Se casó, tuvo hijos, intentó una vida que en papel parecía “normal”. Y aun así, algo no terminaba de encajar. Con el tiempo se separó y empezó a vivir abiertamente sus relaciones con mujeres. No como una declaración pública, sino como una decisión personal. No le interesaba explicarse, le interesaba ser honesta consigo misma.
Y aquí es donde su historia empieza a incomodar de verdad. Porque Audre no hablaba de identidad como algo que descubres y ya. Para ella, la identidad se defiende, se nombra, se sostiene incluso cuando sería más fácil callarte. Escribía sobre ser mujer, negra, lesbiana, sobre el enojo, el dolor, la diferencia. No para agradar. Para dejar de esconderlo.
Criticó al feminismo cuando ignoraba a mujeres negras. Señaló el racismo dentro de espacios donde se suponía que debía haber inclusión. No se quedó en silencio para pertenecer. Y eso la puso en lugares incómodos una y otra vez.

Cuando le diagnosticaron cáncer de mama en 1978, decidió no disimularlo. No usó prótesis después de la mastectomía. No quería fingir que nada había pasado solo para que otros se sintieran más tranquilos. Escribió sobre su enfermedad con una claridad que incomoda, porque no hay metáforas suaves, no hay adornos.
Y si te detienes un momento, te das cuenta de algo que no es tan fácil de aceptar. Muchas veces no es el mundo el que nos limita, somos nosotras intentando encajar en lugares que ya sabemos que no son para nosotras.
Audre lo entendió antes que muchas. Por eso dijo algo que sigue siendo incómodo hoy: “Tus silencios no te protegerán”. No es una frase bonita. Es una realidad. Callarte no evita el rechazo, solo te aleja de ti.
Porque al final, el tema no es Audre Lorde. Es ese momento en el que sabes que estás bajando la voz, suavizando lo que piensas, evitando decir algo importante para no incomodar.
Y la pregunta que queda no es cómoda, pero sí necesaria: ¿En qué parte de tu vida estás eligiendo silencio y llamándolo paz?
Escrito por Yui

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