«Oye, ¿ya leíste sobre Anna Wintour?»
– «Espera, cuéntame todo desde el principio»
— Okay, okay, siéntate porque esto está buenísimo. Imagínate: Londres, 1949. Nace Anna Wintour, hija de Charles Wintour, el editor del periódico Evening Standard. O sea, literalmente creció entre titulares, redacciones y el olor a tinta. Desde niña veía a su papá tomar decisiones editoriales en la mesa del desayuno. ¿Crees que eso no la marcó?
— Ah, entonces lo traía en los genes.
— ¡Exacto! Pero lo más increíble es que a los 16 años le dijo a su familia: «No necesito terminar la escuela», y se fue a trabajar a tiendas de moda y revistas en Londres. En los años 60, siendo una adolescente, ya estaba metida en el mundo editorial. Su papá, dicen, siempre fue su mayor admirador y le inculcó que una buena editora debe tener una visión brutal y clara, sin titubeos. Y vaya que lo aprendió bien.
— Pero espera, ¿cómo llegó de Londres a ser la reina de Nueva York?
— Poco a poco, amiga. Trabajó en revistas británicas, luego se mudó a Nueva York y pasó por Harper’s Bazaar, por la revista New York, por House & Garden… En cada lugar que tocaba, lo transformaba. Era conocida por llegar tempranísimo a la oficina —dicen que a las 7 AM ya estaba revisando páginas—, por tomar decisiones rapidísimo y por no tolerar la mediocridad ni un segundo. En 1983 entró a Vogue como directora creativa, y en noviembre de 1988 tomó el cargo de editora en jefe. Y ahí, amiga, empezó la historia.
«Okay pero, ¿qué cambió exactamente?»

— Todo. Literalmente todo. Mira, antes de Anna, Vogue era una revista muy elegante pero también muy fría, muy alejada de la gente real. Las portadas eran solo modelos con expresiones serias, poses perfectas, nada que te conectara emocionalmente. Anna llegó y dijo: «Esto se acaba».
— ¿Y qué hizo?
— Su primera portada ya fue una bomba. Puso a la modelo Michaela Bercu con una chaqueta carísima de Christian Lacroix… y unos jeans de 50 dólares. Cincuenta dólares, amiga. En Vogue. El equipo editorial pensó que se había vuelto loca. Pero Anna sabía exactamente lo que hacía: estaba diciéndole al mundo que la moda no era solo para millonarias, que podías mezclar lo caro con lo accesible y seguir siendo fabulosa. Hoy eso nos parece obvio, ¿verdad? Pues ella lo inventó.
— ¡No manches! Y luego empezó a poner celebrities en portada, ¿no?
— Ahí está la otra revolución. Antes de Anna, las supermodelos eran las únicas dueñas de las portadas de Vogue. Ella dijo: «¿Por qué no actrices? ¿Por qué no músicos? ¿Por qué no políticas?» Y empezó a llamar a Nicole Kidman, a Gwyneth Paltrow, a Scarlett Johansson… En 1998 puso a Hillary Clinton —siendo Primera Dama— en la portada. Nadie había hecho algo así. Y en 2009, Michelle Obama abrió las puertas de la Casa Blanca para una sesión fotográfica de Vogue. La revista se convirtió en un puente entre moda, cultura y política.
— Wow. Y los diseñadores, ¿cómo la veían?
— Con una mezcla de terror y adoración. Anna tenía —y tiene— el poder de sentarse en primera fila de un desfile y, con una sola mirada o un gesto, hundir o lanzar una colección entera. Pero también era generosa con los talentos que creía en ellos. ¿Sabes que cuando John Galliano estaba en crisis total en 1994, sin dinero para presentar su colección, fue Anna quien movió hilos para conseguirle financiamiento? Y así con Alexander McQueen, con Marc Jacobs, con Tom Ford. Ella no solo editaba una revista, era la productora ejecutiva de toda una generación de diseñadores.
«Cuéntame lo de la Met Gala, eso sí me encanta»

Zendaya, Anna Wintour, Rihanna
— Ay, ese es mi capítulo favorito. Okay, la Met Gala existía desde los años 40, pero era un evento chiquitito, casi sin glamour, que se hacía en los sótanos del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York para recaudar fondos para el Costume Institute —que es básicamente el departamento de moda del museo—. Imagínatela: una cena tranquila, poca prensa, diseñadores y donantes tomando vino en un sótano.
— Suena… muy aburrido.
— ¡Exacto! Hasta que en 1995 Anna Wintour tomó el control y dijo: «Esto va a ser diferente». Lo primero que hizo fue cambiar la sede a los salones principales del museo. Luego empezó a invitar a las celebrities más importantes del mundo, a diseñar dress codes temáticos imposibles, a convertirlo en el evento más exclusivo y fotografiado del planeta. Hoy la Met Gala es comparable en cobertura mediática a los Óscar. Cada primer lunes de mayo, el mundo entero para para ver quién lleva qué y si Anna aprueba o no.
— ¿Y ella aprueba todos los looks?
— Se dice que sí, que nadie entra sin su visto bueno. Es su evento, su regla. Bajo su presidencia, la Met Gala recaudó más de 125 millones de dólares para el museo. Y la exposición de 2011 dedicada a Alexander McQueen —Savage Beauty— se convirtió en una de las cinco muestras más visitadas en toda la historia del Met. Gracias a Anna, la moda dejó de ser considerada algo frívolo y pasó a ser reconocida como arte legítimo dentro de una de las instituciones culturales más importantes del mundo.
— Eso es poder en serio.
— Espera, que todavía falta. ¿Sabes que en 2006 la escritora Lauren Weisberger publicó El diablo viste a la moda, inspirada en su experiencia trabajando como asistente de Anna? El libro se convirtió en bestseller y luego en película con Meryl Streep. Todo el mundo asumió que Miranda Priestly era Anna. Ella nunca lo negó ni lo confirmó. Simplemente siguió existiendo como si la novela fuera sobre alguien menos importante que ella.
— ¡Jajaja! Eso es tan ella.
«Pero también tiene su lado polémico, ¿verdad?»

— Claro, y hay que hablarlo. Anna no es perfecta, ni de cerca. En 2020, cuando el movimiento Black Lives Matter sacudió al mundo, muchos exempleados y figuras de la industria señalaron a Vogue —y a Anna directamente— por décadas de poca representación racial. Se reveló, por ejemplo, que el primer fotógrafo afroamericano en firmar una portada de Vogue llegó ahí porque Beyoncé lo exigió personalmente. No porque la revista lo hubiera buscado proactivamente.
— Eso duele.
— Sí. Y hubo testimonios de exempleados hablando de un ambiente laboral muy tenso, muy exigente, donde el error no tenía cabida y la presión era brutal. El apodo «Nuclear Wintour» no es solo por su energía, también era por el miedo que generaba a su alrededor. Pero —y aquí está lo que la hace diferente a muchos poderosos— Anna respondió con una carta pública asumiendo responsabilidad. Dijo que lamentaba no haber hecho más antes, y lanzó la iniciativa ‘Vogue Values’ para comprometer a la revista con la diversidad. No desapareció, no se victimizó. Reconoció, actuó y siguió adelante.
— Eso también es liderazgo.
— Exacto. Y mira, también hay que reconocer su vida personal, que no siempre fue fácil. Estuvo casada con el psiquiatra David Shaffer, con quien tuvo dos hijos: Bee Shaffer y Charles Shaffer. El matrimonio duró años pero eventualmente terminó. Anna siempre mantuvo su vida personal muy protegida, muy alejada de los reflectores, lo cual en su industria —donde todo es imagen y exposición— resulta fascinante. Nadie sabe realmente qué hay detrás de esos lentes oscuros.
— ¿Por qué siempre usa lentes? ¿Es un look o es algo más?
— Ella misma lo explicó una vez: dice que los lentes le permiten mirar las colecciones sin que los diseñadores lean sus reacciones. Es una herramienta de trabajo, no solo estética. Junto con el bob rubio que lleva desde los años 70, su imagen es tan reconocible que ya es un ícono cultural en sí misma, independientemente de la revista. El diseñador Óscar de la Renta lo dijo perfecto: «Tiene calidad de estrella. Es una estrella».
«¿Y ahora qué? ¿Ya se retiró?»

— En junio de 2025, después de 37 años como editora en jefe, Anna Wintour anunció que dejaba ese cargo. Tenía 75 años. El mundo de la moda se paralizó. Pero —como era de esperarse— Anna no se fue a su casa a descansar. Se quedó como Directora Editorial Global de Condé Nast y de todas las ediciones de Vogue en el mundo. O sea, ya no edita la revista de Estados Unidos día a día, pero sigue siendo la voz máxima que dicta la dirección de Vogue a nivel global. Sigue siendo ella.
— No me sorprende. No creo que Anna Wintour sepa lo que es el retiro.
— Para nada. Y su legado es tan gigante que es difícil resumirlo. Transformó Vogue de una revista de moda en un instrumento de poder cultural, político y social. Abrió la puerta para que la moda fuera tomada en serio como expresión artística. Demostró que una mujer puede ocupar la cima de una industria global durante cuatro décadas, tomar decisiones duras, cometer errores, corregirlos y seguir siendo la figura más influyente de su campo. En un mundo donde el poder femenino todavía tiene que justificarse constantemente, Anna Wintour simplemente lo ejerció. Sin pedir permiso.
— Oye, ¿y qué se siente saber que una sola persona puede cambiar toda una industria?
— Creo que se siente exactamente como Anna se ve: con lentes oscuros, mirada fija al frente y sin voltear atrás.
«Y así, entre café y admiración, quedó claro que hay mujeres que no solo viven su época — la definen.»

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